Mí querida niña:
Hoy, al despertar solo en la cama, he echado de menos tu presencia, el calor de tu cuerpo arrebujado contra el mío, el aroma de tu piel y tu respiración tranquila y sosegada. No he podido por menos que mirar hacia el lado de la cama donde dormías con la esperanza de encontrarte allí, como cada día durante los años que hemos compartido; con los ojos entrecerrados y deseándome los buenos días. Pero ese lado, tu lado, estaba vacío. Tú no estabas.
No he podido evitar que las lágrimas inundaran mis ojos y me han faltado fuerzas para incorporarme, para levantarme de la cama; he vuelto a tumbarme en ella y he cerrado los ojos deseando no volver a abrirlos más, convencido de que, al cerrarlos para siempre, sería la única manera de poder volver a verte, de volver a estar contigo y, quien sabe, quizá hasta poder volver a saborear tus labios.
Por desgracia para mi he vuelto a abrirlos, una vez más, y seguías sin estar junto a mí y, de nuevo, he vuelto a preguntarme en voz alta cuanto me falta para reunirme contigo, más esa pregunta continua sin respuesta y ya me siento muy cansado de esta vida por que, entre otras razones, no tiene sentido sin ti.
Mi querida niña, quizá tú sepas la respuesta a mi pregunta; si es así, por favor, dímela para que mi agonía tenga fecha de caducidad y así poder prepararme para reencontrarme contigo.
Como siempre, y antes de despedirme, solo me queda decirte que te sigo amando tanto o más que el primer día.
Con todo mi amor.

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