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Albacete, Albacete, Spain
En la búsqueda constante de la satisfacción personal y, por ende, de todo aquel que quiera compartir esa búsqueda.

jueves, septiembre 3

4.- Un eterno sueño

Durante los días siguientes viví en una nube, en un constante y maravilloso sueño en el que evocaba todos y cada uno de los segundos pasados junto a ella. Me resultaba imposible no ver sus ojos enamorados, su sonrisa nerviosa, escuchar su voz, sentir sus silencios, notar el cálido y suave tacto de su piel; y, por supuesto, el sabor de sus labios.

Si antes de encontrarnos odiaba las noches, ahora había comenzado a odiar la distancia, ya no me conformaba con encontrarnos en la red, con hablar en innumerables ocasiones, a lo largo del día, por teléfono. Deseaba y quería más. Anhelaba poder verla, acariciarla, sentirla a mi lado, junto a mí. Nuestras conversaciones a partir de entonces se tornaron más cálidas, más íntimas; ya no solo hablábamos de lo que sentíamos el uno por el otro, si no de lo que suponía para ambos el amarnos, de nuestros más ocultos deseos.

Esas conversaciones se tornaron plenas de sensualidad, nos contábamos como imaginábamos el uno el cuerpo del otro, de lo que nos gustaría hacerle y de lo que nos gustaría que el otro nos hiciera. Soñábamos con caricias, con besos, dejábamos volar nuestra imaginación y conseguíamos llegar a sentirnos el uno en los brazos del otro, sentíamos nuestros labios unidos en un eterno beso, nuestras manos entrelazadas mientras nuestras ojos se miraban intentando ver lo que los ojos del otro escondían, adivinando el amor que en ellos había.

Cuantos paseos por la playa, a la luz de la luna, solo acompañados por el rumor de las olas al romper en la orilla, nuestros pies mojados por el agua mientras se hundían en la húmeda arena; nuestros cuerpos pegados el uno con el otro, su cabeza apoyada sobre mi hombro, mientras mis brazos rodeaban su cuerpo y la acercaban aún más al mío. En silencio, dejándonos invadir por el momento, sabiendo que estábamos juntos, sin importarnos el resto del mundo. Cuantos encuentros perdidos en una cabaña en el bosque, frente a una enorme chimenea, nuestros cuerpos desnudos sobre una gran alfombra blanca,, abrazados, escuchando el crepitar del fuego, absortos en la contemplación de las llamas, y sintiendo el calor de nuestros cuerpos. Acariciándonos mutuamente, explorando el cuerpo del otro, inundándolo de besos, llenándolo de amor hasta llegar al éxtasis, fundidos en uno solo.

Aquellos sueños nos llevaron, poco a poco, a pensar en volver a encontrarnos de nuevo, de volver a mirarnos a los ojos y decirnos todo aquello que nos decíamos a través de las palabras escritas en una pantalla, dejar que nuestros sentimientos salieran a borbotones, hacer nuestros sueños realidad. Sabíamos que, cuando eso ocurriera, ya no sería igual, intuíamos que sería nuestra primera vez, que llegaría ese momento tan ansiado, tan soñado por ambos, en que seríamos solo uno, ese momento en que por fin nuestras caricias nos harían poseernos mutuamente, sentirnos completamente el uno del otro. Fue un largo verano, lleno de ilusiones, de sueños, de esperanzas, de planes….cualquier cosa hacía que pensáramos el uno en el otro, un sonido, una canción, un atardecer, un amanecer… la excusa perfecta para llamarnos por teléfono para contárnoslo, para hacernos partícipes de lo que sentíamos, de lo que pensábamos, de lo que soñábamos.

Aquellas llamadas a altas horas de la noche para desearnos las buenas noches y decirnos que nos echábamos de menos, que deseábamos compartir nuestro lecho.

Así fue como transcurrieron los días hasta que, a principios de otoño, decidimos encontrarnos de nuevo, en el mismo lugar, a la misma hora….un 5 de Octubre, fecha que ninguno de los dos olvidaremos nunca, por lo que volvimos a sentir, por lo que ese día ocurrió.

Y por fin llegó el tan ansiado día. La noche anterior todo fue un escribir sin parar, nos preguntábamos como iríamos vestidos, si nos besaríamos nada más vernos, si nos atreveríamos a abrazarnos, a pasear cogidos de la mano, abrazados; por donde pasearíamos y, por fin, aún a sabiendas de que ocurriría, si haríamos, por primera vez, el amor.

Nos despedimos con un “hasta mañana” cargado de ilusión, de esperanzo, de deseo.

No pude dormir aquella noche, me invadían infinidad de sentimientos encontrados. Deseaba realmente volver a encontrarme con ella? Cambiaría algo en nuestras vidas tras ese nuevo encuentro? Haríamos el amor como tantas veces habíamos imaginado? Sería como habíamos soñado? Sería capaz de transmitirle en persona todo el amor que le había transmitido a través de la pantalla?, esos sentimientos, esos pensamientos, esas dudas estaban a punto de tener respuesta, y nada deseaba más.

2.- En otra dimensión

A partir de aquel momento, de aquel TE QUIERO sin sentido, todo fue una vorágine de sentimientos e ilusiones. Una nueva luz iluminó nuestras vidas.
Al despertar cada mañana era irrefrenable el deseo de conectarme para darle los buenos días, preguntarle como había dormido; decirle que había soñado con ella, leer que me recordaba, que me añoraba. En mi comenzó a crecer un enorme odio el tener que salir de casa, odiaba el trabajo que me impedía estar con ella. Odiaba el sueño, esas horas inútiles de la noche en que nada haces; no quería comprender esa necesidad fisiológica del ser humano, me estaba robando tiempo para disfrutar de su compañía. Pasados dos meses de aquella mágica noche, comencé a sentir el deseo de estar físicamente con ella, necesitaba tocarla, abrazarla, besarla, sentir su cabeza apoyada sobre mi pecho, notar su respiración agitada por el contacto de mi cuerpo. Ella me aseguraba lo mismo, lo que hacía que ese deseo, mi sueño, fuera aún mayor.
Ya no solo era la red, pasamos a las llamadas telefónicas. Al principio ambos nos cuidáramos mucho para que, nuestros allegados, no notaran nada raro en nuestro comportamiento. Era una, a lo sumo dos, llamadas diarias. Poco a poco esas llamadas comenzaron a ser más habituales, algunos días incontables. Por la mañana para darnos los buenos días, a mediodía para decirnos que nos añorábamos, por la tarde para saber donde estábamos y con quién, que hacíamos; por las noches, para darnos las buenas noches. Todo era un constante desear y no tener.
Sin darnos cuenta, el tiempo había pasado y ya hacía cuatro meses que hablábamos y aún no sabíamos como era físicamente el otro, y comenzamos a planear nuestro primer encuentro. Ya no nos importaba nada ni nadie, solo nosotros dos.
A partir de ese momento nuestras conversaciones habían pasado de ser ingenuas a ser más íntimas. Queríamos, deseábamos, conocer nuestros cuerpos sin haberlos visto, y nos abandonamos a ese deseo.
Hubo conversaciones en las que, solo con palabras, hicimos el amor. No necesitábamos nuestros cuerpos, nos bastaba con nuestras mentes, con nuestra imaginación y, por supuesto, el deseo irrefrenable de tenernos el uno al otro. Nos sentíamos el uno junto al otro, acariciándonos, recorriendo mutuamente nuestros cuerpos con esas caricias imaginarias y que, de algún modo, llegábamos a sentir como si fueran reales. Nos llevaba a una situación de felicidad y disfrute como jamás habría pensado que podría llegar a sentir.
Por fin, y a finales de un caluroso mes de Julio, convinimos en vernos. Planeamos durante varios días el lugar, la hora, la forma de encontrarnos. No nos preocupaba el hecho de no saber como éramos físicamente, aunque ese no era nuestro mayor problema; lo peor era saber como reaccionaríamos al conocernos. El miedo a nos gustarnos, aunque realmente no nos parecía importante, estaba latente en nuestras conversaciones, sabíamos como éramos por lo que nos habíamos contado el uno del otro; sabíamos de nuestros gustos, aficiones, sueños, deseos, ilusiones y esperanzas pero.....no nos habíamos visto nunca!!!.
Y llegó el día, el tan ansiado día.
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3.- El encuentro

Recuerdo que, desde primera hora de la mañana, me sentía tan inquieto, nervioso e impaciente como un adolescente. Durante el viaje hasta el lugar donde habíamos convenido encontrarnos, no dejaba de pensar como sería el encuentro, en imaginar como sería el saludo; nos besaríamos? Como sería ese beso? De amistad?......
Todo eran dudas, pero dudas ilusionantes. Llegué unos minutos antes de la hora que habíamos acordado; di un paseo por los alrededores, como si fuera una inspección del terreno. Tenía la sensación de que todas las mujeres que se cruzaban conmigo me observaban, al igual que yo las observaba a ellas, preguntándome si era alguna de aquellas con las que me había cruzado.
Cuando llegó la hora convenida, y como quiera que no nos conocíamos, la llamé por teléfono.
Un saludo nervioso, una risa inquieta.
A mi pregunta de donde estaba, me contestó que junto a una estatua frente a un edificio antiguo, sede de un organismo oficial. Yo me encontraba justo frente a ese edificio, pero al otro lado de al amplia avenida. Quise saber como iba vestida para intentar localizarla. Pantalón y camisa blanca y chaquetilla de color rosa, perlo corto, castaño, con mechas.
Buscaba por todas partes, más con conseguía localizarla. Crucé la avenida y caminé frente al edificio que me había indicado, pero no conseguía verla. Opté por pararme junto a la estatua a la espera de verla aparecer; pasaron unos cinco minutos que me parecieron eternos hasta que, al lado de un puesto callejero de helados, me pareció ver una prenda de color rosa.
Noté como mi respiración se aceleraba, el pulso me iba en aumento y las manos comenzaron a sudarme. A pesar de mis 44 años, de más de 22 de matrimonio, me sentía como si fuera la primera cita de mi vida, notaba un hormigueo creciente en mi estomago; mis ojos, inquietos, escudriñaban los alrededores buscándola, de pronto y, a mi lado, apareció.
Tocó suavemente en mi hombro y, al girarme, de sus labios salió un Hola! tan tenue que casi ni lo oí. Nos quedamos quietos, uno frente al otro, mirándonos sin saber que decir, que hacer. Tras unos segundos que parecieron eternos, tomé sus manos con las mías y, después de mirar sus ojos, la atraje hacía mí. Mi primera intención fue besar sus labios pero, en el último instante, la besé en ambas mejillas.
Su aroma me fascinó, el tacto de su piel enervó mis sentidos y, retirándome, volví a mirarla fijamente; primero sus ojos, pequeños, marrones, con un brillo especial en ellos; su boca, pequeña, de labios finos y sensuales, en los que se dibujaba una sonrisa entre nerviosa y divertida. Observé su cuerpo, de arriba abajo. No era muy alta pero estaba bien formada; inconscientemente y como aún mantenía sus manos entre las mías, con un gesto delicado la obligué a darse la vuelta frente a mi, sin importarme las miradas, entre incrédulas y cómplices, de la gente que pasaba a nuestro lado..
No pude resistirme y, mirándola de nuevo con fijeza a los ojos, le dije : Qué bonita eres!!!.
Tras unos minutos de mutua observación, comenzamos a caminar, el uno al lado del otro haciendo verdaderos esfuerzos par no cogernos de las manos, para no abrazarnos. Eran las 12 de la mediodía, nos quedaban 6 horas por delante para disfrutarnos, para decirnos a la cara todo aquello que, durante los últimos cuatro meses, nos habíamos escrito a través de una pantalla de ordenador.
Fue un vagar sin rumbo por las amplias avenidas repletas de jardines, enormes árboles, hermosos edificios antiguos que albergaban inmensos museos, hoteles, todo tipo de establecimientos; hermosas fuentes coronadas por majestuosas esculturas evocando a innumerables dioses mitológicos. El inmenso trasiego de gentes y coches no nos importaban en absoluto, solo existíamos nosotros, solos, en nuestro particular universo; un mundo de nuevas sensaciones, de ilusiones renovadas, de sentimientos que hacía mucho tiempo ambos habíamos dejado se sentir..
Caminamos y caminamos sin dejar de hablar, mirándonos sin cesar; de vez en cuando nuestros cuerpos se acercaban, se rozaban furtivamente; ora ella tocaba mi brazo, ora era yo quien tocaba su hombro, en un juego de caricias deseadas y, aún, no permitidas. Tras nosotros íbamos dejando avenidas y calles, el gentío de la hora punta del mediodía. El calor de las horas más tórridas del día no hacía mella en nosotros, como tampoco el incesante caminar.
Sobre las 3 de la tarde decidimos recuperar fuerzas y buscamos un sitio donde tomar algo sólido y, al tiempo, refrescarnos. Encontramos una plaza interior porticada con innumerables bares en su interior, elegimos uno al azar y nos sentamos en la terraza al amparo de la sombra que proporcionaba el pórtico. A esas horas de la tarde la plaza se hallaba prácticamente desierta y, las pocas personas que en ella se hallaban bien se dirigían a sus casas o sus lugares de trabajo o eran turistas que descansaban plácidamente en alguna de las terrazas de los bares y cafeterías que allí había.
El tiempo pasaba veloz, ya solo nos quedaban dos horas para estar juntos, el reloj caminaba inexorable hacia las 6 de la tarde, hora en que, por nuestras obligaciones, nos veríamos obligados a despedirnos. Volvimos sobre nuestros pasos, ahora con un poco más de ligereza, buscábamos un sitio tranquilo donde pasar el poco tiempo que nos quedaba, alejados de las indiscretas miradas de la gente. Nuestro errático caminar nos condujo hasta las puertas de un enorme parque y nos aventuramos en su interior; hermosos parterres de verde hierba, decorado con figuras realizadas con flores, aquí rosas, allá margaritas, un poco más allá tulipanes.
Frondosos grupos de árboles ocultaban en su interior diversos caminos de tierra flanqueados a ambos lados por bancos de hierro forjado y madera, ocultos a las miradas indiscretas de los viandantes. Nos sentamos en uno de ellos, muy juntos y en silencio, absortos cada uno en nuestros pensamientos a pesar del poco tiempo que nos quedaba. De vez en cuando nos mirábamos intentando adivinar lo que cada uno de nosotros pensaba; en nuestros gestos se notaban los enormes deseos que sentíamos de abrazarnos, de besarnos; pero ambos nos reprimíamos.
Tras un buen rato en esa actitud, miramos el reloj y dándonos cuenta de que se nos hacía tarde, nos levantamos y nos encaminamos hacia la salida del parque; pasamos por delante de un gran lago interior donde algunas parejas remaban plácidamente en unas barcas; nos detuvimos un momento observándolas y, en cierto modo, envidiándolas. Continuamos en nuestro caminar hacía la puerta de salida del parque, uniéndonos a la gente que iba y venía.
Parados en un semáforo, esperando a que el tráfico de coches se detuviera para poder cruzar, rodeados de otras personas que esperaban, como nosotros, a que el semáforo cambiara; nos acercamos inconscientemente el uno al otro, intentando estar lo más cerca posible el uno del otro antes de despedirnos cuando, sin darnos cuenta, sucedió.
Nos miramos y sin mediar palabra acercamos nuestras caras hasta que nuestros labios se juntaron, fue un beso intenso, pleno de deseo y de pasión, como si fuera lo último que hiciéramos en nuestras vidas. Cuando separamos nuestras bocas supimos que era el primero de muchos besos, nos dimos cuenta de que ninguno de los dos podría pasar ya sin saborear los labios del otro y que, en nuestros próximos encuentros, ya no nos conformaríamos con un simple beso, ambos querríamos algo más.
Cruzamos la calle y, en silencio, ya cogidos de la mano, nos dirigimos hasta el punto donde debíamos despedirnos, justo delante de la misma estatua donde, unas horas antes, nos habíamos visto por primera vez. La despedida fue triste pero gozosa pues ambos sabíamos que era el principio de algo hermoso. Nos dijimos adiós y cada uno caminó en dirección contraria al otro girando la cabeza cada pocos pasos para cerciorarnos de que, aquel encuentro, era real, que no lo habíamos soñado.
El viaje de vuelta fue como estar en una nube, un constante evocar de los momentos que habíamos pasado juntos.
Aquella noche, por primera vez, soñé con ella.
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1.- Retrospectiva

Casi ni recuerdo como ni cuando comenzó todo.
Fue como suele ocurrir por la red, una cálida noche del mes de marzo de hace algunos años, una conversación banal, los clásicos "hola, que tal?", "¿de donde eres?", "¿como te llamas?", "¿a que te dedicas?", "¿que haces por aquí?". Nada hacia presagiar lo que vendría después. Recuerdo que aquella noche se me hizo muy corta, el tiempo que compartí con ella paso como una ráfaga de aire. Hablamos sobre nosotros, sobre nuestros gustos y aficiones, sobre nuestra familia, nuestros problemas; aunque, a fuer de ser sinceros, en un primer momento no hice demasiado caso a lo que me contaba por que, como suele ocurrir por aquí, todo suele ser inventado. De hecho, algunas de las cosas que me dijo, eran falsas; según me dijo tiempo más tarde, lo hizo para protegerse, para evitar que pudieran localizarla. Ambos casados, con hijos, felices en nuestro matrimonio pero, como suele ocurrir en todas las parejas, con alguna que otra carencia. En su caso y, según pude percibir, era algo afectivo, noté que le faltaba cariño, que alguien le hiciera caso, que la hiciera sentir importante. Desde un primer momento le brindé mi amistad y me limité a escuchar, en este caso a leerla. Fueron 4 o 5 horas de una charla amena, agradable y, por primera vez en este medio, tuve la sensación de que, realmente, había hecho un amigo; por que aquella conversación llegué a vivirla como real, como si la hubiera tenido frente a mí.
A partir de aquel día comencé a sentir la necesidad de conectarme todos los días con la esperanza de encontrarla, sentía la necesidad de hablar con ella, de tener su compañía. Y ella siempre estaba allí, siempre esperándome, paciente, para contarme todo lo que ocurría en su vida. Una noche, sobre las 2 de la madrugada, me dijo que le gustaría oír mi voz e, inconscientemente, le di mi número de teléfono, pensando que no se atrevería a llamarme; no en vano era tarde, su familia y la mía, aunque durmiendo, estaban en casa y podían oírnos. Pero cual no fue mi sorpresa cuando, al momento de haber escrito mi número de teléfono este sonó; no creí que fuera ella aunque algo en mi interior me dijo que se había atrevido. Fue una conversación muy corta, quizá no llegó ni al minuto. "Hola", me dijo nada más decolgar, su voz era un susurro, su tono, dulce algo nervioso y, quizá, ansiosa. Me sentí incómodo, violento, no sabía que decir y así me lo dijo "No sabes hablar?" me preguntó. Lo cierto es que no sabía que decir y, con un hilo de voz la saludé; ese hecho me tranquilizó y, como digo, hablamos durante 1 minuto. Sin saber como ni por qué, al despedirnos se me escaparon dos palabras, dos palabras que marcaron mi vida durante los 3 años siguientes, dos palabras que me salieron del alma. Inconscientemente dije "TE QUIERO".
Aún hoy, 5 años después, me pregunto por que salieron esas dos palabras de mi boca y no encuentro explicación; debieron de salir de mi corazón, de lo más hondo de mi ser. A partir de aquella noche mi vida, y por ende la suya, cambió por completo, entró en otra dimensión.
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