Datos personales

Mi foto
Albacete, Albacete, Spain
En la búsqueda constante de la satisfacción personal y, por ende, de todo aquel que quiera compartir esa búsqueda.

sábado, junio 12

Cuento sin U


Caminaba distraídamente por el camino y, de pronto,lo vio.
Allí estaba el imponente espejo de mano, al lado del sendero, como esperándolo.
Se acercó, lo alzó y se miró en él.
Se vio bien.
No se vio tan joven, pero los años habían sido bastante bondadosos con él.
Sin embargo, había algo desagradable en su propia imagen,
Cierta rigidez en los gestros lo conectaba con los aspectos más agrios de su propia historia.
La rabia,
el desprecio,
la agresión,
el abandono,
la soledad.
Sintió la tentación de llevárselo, pero rápidamente desechó esa idea. ya había bastantes cosas desagradables en el planeta para cargar con una más.
Decidión irse y olvidar para siempre ese camino y ese espejo insolente.
Caminó durante horas tratando de vencer la tentación de volver hacia el espejo. Aquel misterioso objeto lo atraía como los imanes atraen a los metales.
Resistió y aceleró el paso.
Tarareaba canciones infantiles para no pensar en aquella imagen horrible de si mismo.
Corriendo, llegó a la casa donde había vivido desde siempre. Se metió vestido en la cama y se tapó la cabeza con las sábanas.
Ya no veía el exterior, ni el sendero, ni el espejo, ni su propia imagen reflejada en el espejo. Pero no podía evitar la memoria de aquella imagen.
La del resentimiento,
la del dolor, 
la de la soledad,
la del desamor,
la del miedo,
la del menosprecio.
Había ciertas cosas indecibles e impensables.....
Per el sabía dónde había empezado todo aquello....
Había empezado aquella tarde, hacía treinta y tantos años.....
El niño estaba tendido, llorando frente al lago el dolor de los malos tratos de los demás.
Aquella tarde, el niño decidió borrar, para siempre, la letra del alfabeto.
Aquella letra.
Aquella.
La letra necesaria para nombrar al otro si está presente.
La letra imprescindible para hablar a los demás al dirigirles la palabra.
Si no había manera de nombrarlos dejarían de ser deseados..
Y entonces no habría motivo para sentirlos necesarios....
Y sin motivo ni forma de invocarlos se sentiría, por fin, lilbre.....

EPÍLOGO

Escribiendo sin "u"
puedo hablar hasta de mi cansancio,
de lo mío, del yo,
de lo que tengo,
de lo que me pertenece....
Hasta puedo escribir de él,
de ellos
y de los demás.
Pero sin "u"
no puedo hablar de ustedes,
del tú
de lo vuestro.
No puedo hablar de lo suyo,
de lo tuyo,
ni siquiera de lo nuestro.
Así me pasa...
A veces pierdo la "u"....
y dejo de poder hablarte,
pensarte, amarte, decirte.
Sin "u", yo me quedo pero tú desapereces....
Y sin poder nombrarte,
¿como podría disfrutarte?
Como en el cuento....si tú no existes
me condeno a ver lo peor de mí mismo
reflejándose eternamente
en el mismo,
mísmisimo,
estúpido
espejo.

Cuentos para pensar. Jorge Bucay. Buenos Aires (1949).



viernes, junio 11

Llueve

Mi querida niña:

Hoy ha amanecido lloviendo y, en cierto modo, es como si el cielo llorara tu ausencia por mi. Es una lluvia fina, persistente, como la que tantas veces hemos visto juntos en aquellas plomizas tardes de invierno; el uno junto al otro como si fuésemos un único ser, sentados frente a la ventana, casi en tinieblas, solo alumbrados por la tenue luz de las llamas de nuestra chimenea. Te acuerdas de aquellas tardes, mi niña?.

Esa chimenea frente a la que pasamos momentos únicos e inolvidables, junto a la cual manteníamos aquellas largas y apasionadas charlas; aquellos momentos tiernos en los que nos abandonábamos a nuestros sueños, nuestras ilusiones, nuestras fantasías y, en ocasiones, a nuestra pasión. Aquellas veladas eternas en familia, en las que nos sentíamos los seres más felices del universo rodeados de los nuestros.

Ahora contemplo la lluvia caer solo, con nuestra chimenea apagada y en la más completa oscuridad, esa oscuridad en la que se ha convertido mi vida desde que me faltas tú, porque tu eras mi luz, el faro que alumbraba mis noches, el sol que iluminaba mis días.
Como siempre, antes de despedirme, quiero decirte que mi amor por ti, aún en tu ausencia, no deja de crecer.

Hasta pronto mi querida niña.

Con todo mi amor.

Aniversario

Mí querida niña: 
Hoy es un día especial, muy especial ...  sería nuestro 51 aniversario y no puedo por menos que recordar los otros 50 vividos junto a ti. Me gustaría hacer tantas cosas que no creo que el día tuviera horas suficientes, pero me conformaré con mirar, y remirar, todas las fotografías que con tanto mimo y cariño guardabas en el álbum. 
No me canso de admirar esa belleza tan serena que siempre tuviste y que hacía que me sintiera el hombre más dichoso de la tierra por tenerte junto a mí, para mí.  Tus ojos aún siguen enamorándome, con esa mirada tan limpia, tan llena de vida y de amor; esos labios que con tanto placer saboreaba y que tú nunca llegaste a entender por que me gustaba tanto besarlos sin cesar. Ahora , que ya no estás junto a mí, te lo puedo confesar; eran besos egoístas, con ellos pretendía darte más tiempo  de vida  para tenerte por siempre junto a mí; y aunque eso hubiera supuesto quitárselo a la mía no me habría importado lo más mínimo. 
En este momento viene a mi mente tu risa, esa risa tan cantarina y contagiosa, ese sonido tan dulce que salía de tu garganta y que siempre demostraba lo feliz que te sentías y que, a la vez, hacía feliz a todo el que estaba a tu lado; por que al final era eso lo que pretendías, hacer felices a todos los que te rodeábamos y he de confesarte que siempre lo conseguías, siempre. 
Hoy, como todas las mañanas, he salido a pasear; pero no ha sido el paseo anodino de todos los días, hoy he dado los mismos pasos que dimos juntos la última vez, lo recuerdas?. Mis cansados pies han hollado los lugares que tu pisaste, por la amplia avenida arbolada del parque, me he sentado en el mismo banco en que lo hicimos ese día y, sentado allí, ha venido a mi memoria aquel beso que te robé y que, como siempre, hizo que tus mejillas se sonrojaran; recuerdo como a la gente que pasaba, les llamó la atención y nos miraron con cara de asombro y extrañeza, pero no nos importó. Parecíamos dos jovencitos gozando de su primer amor, de sus primeros besos y caricias. Cuanto los hecho de menos, mi querida niña, cuanto los añoraré el tiempo que me quede por vivir.
Ya solo me queda pedirte un favor, quizá el último que te pida, intercede ante quien sea para que me lleve junto a ti, no puedo seguir viviendo sin tenerte a mi lado y nada deseo más que volver a estar junto a ti.

Con todo mi AMOR.

Despertar

Mí querida niña:

Hoy, al despertar solo en la cama, he echado de menos tu presencia, el calor de tu cuerpo arrebujado contra el mío, el aroma de tu piel y tu respiración tranquila y sosegada. No he podido por menos que mirar hacia el lado de la cama donde dormías con la esperanza de encontrarte allí, como cada día durante los años que hemos compartido; con los ojos entrecerrados y deseándome los buenos días. Pero ese lado, tu lado, estaba vacío. Tú no estabas.
 No he podido evitar que las lágrimas inundaran mis ojos y me han faltado fuerzas para incorporarme, para levantarme de la cama; he vuelto a tumbarme en ella y he cerrado los ojos deseando no volver a abrirlos más, convencido de que, al cerrarlos para siempre, sería la única manera de poder volver a verte, de volver a estar contigo y, quien sabe, quizá hasta poder volver a saborear tus labios.
 Por desgracia para mi he vuelto a abrirlos, una vez más, y seguías sin estar junto a mí y, de nuevo, he vuelto a preguntarme en voz alta cuanto me falta para reunirme contigo, más esa pregunta continua sin respuesta y ya me siento muy cansado de esta vida por que, entre otras razones, no tiene sentido sin ti.
 Mi querida niña, quizá tú sepas la respuesta a mi pregunta; si es así, por favor, dímela para que mi agonía tenga fecha de caducidad y así poder prepararme para reencontrarme contigo.
 Como siempre, y antes de despedirme, solo me queda decirte que te sigo amando tanto o más que el primer día.

Con todo mi amor.

Requiem

Mí querida niña:
Solo hace unas pocas horas que nos despedimos y ya me parece una eternidad, tu ausencia consigue que odie las noches; nunca había sentido que se pudiera perder el tiempo de tal manera; aunque siempre me queda el soñar contigo, con tus ojos enamorados, con tu sonrisa angelical. Eso es lo que deseo todas las noches al acostarme, vivirte en mis sueños, sentir tu mano aferrada a la mía, el calor de tu cuerpo pegado al mío; aunque ni en mis mejores sueños hubiese imaginado poder llegar a amarte como lo estoy haciendo. Nada desearía más que, al despertar de ese sueño, tu risa cantarina me acompañara y me diera los buenos días; solo con saberte junto a mí, mi vida adquiere sentido. Sin ti me falta el aire, me faltan razones para vivir y estoy convencido de que, de no haber aparecido en mi vida, me habría dejado morir.
Nada hay para mí más hermoso que pasear junto a ti, me enorgullece ir a tu lado y que el resto de los hombres me miren con envidia; nada hay que me guste más que ver como ondea tu sedoso cabello al viento; el sonrojo que, las miradas de la gente, producen en tus mejillas cuando beso tus dulces labios; no hay aroma más embriagador que el que despide tu juvenil cuerpo, ese aroma que hace que mis sentidos se alteren y me sea imposible apartarme de ti. Nada hay más tierno que sentir tu cuerpo desnudo junto al mío, abrazados y sudorosos, después de habernos convertido en uno solo, tras alcanzar el éxtasis de nuestro amor.
Hoy quisiera decirte que nadie te ha amado, te ama y te amará como yo lo he hecho, lo hago y lo haré. Por eso siempre te llevaré en el corazón y en el alma, por que has sido lo más grande que he tenido, lo único. Y hoy, cuando salga de nuevo a pasear, llevaré tu fotografía junto a mi corazón y rememoraré todo lo que he vivido, y sentido, junto a ti los últimos 50 años.
Ya no despertarás más a mi lado pero, el tiempo que me quede por vivir, siempre te llevaré conmigo, siempre estarás a mi lado.
Mi querida niña, en tu eterno sueño, recuerda que siempre vivirás en mí y en mi cansado y viejo corazón.
Con todo mi AMOR.

Añoranza

Amanece, la bruma cubre el amplio paseo flanqueado de enormes árboles cuyas hojas amarillentas, que preconizan el otoño, cubren completamente el camino. La fresca brisa de la mañana acaricia su cara haciendo que sus mejillas adquieran un leve tinte rosáceo que acrecienta la blancura de su rostro, alborota su negro y frondoso pelo que aletea suavemente sobre sus hombros casi desnudos, solo cubiertos por una ligera prenda de gasa; camina despacio arrastrando los pies que , a su paso, levantan las hojas húmedas por el rocío de la mañana; los ojos entrecerrados, mirando sin ver.
Ensimismada en sus pensamientos, evocando sin cesar la última noche; recordando las palabras de amor que le habían susurrado, quedamente, al oído; las tiernas caricias de unas manos fuertes y delicadas, el calor de aquel cuerpo, la suavidad y el aroma de su piel rozando la suya; sentía el fuego de su pasión en los más recónditos lugares de su ser y se estremecía ante su vigoroso impulso.
Los primeros rayos de sol comenzaban a levantar la bruma matinal acariciando su cuerpo; el calor de esos haces de luz la reconfortan a la vez que traen a su mente los tórridos besos que habían derretido sus labios, enervado su cuerpo y sus sentidos, hasta hacer que se abandonara en los brazos de aquel hombre. El mismo calor que sintiera cuando el volcán de la pasión había explotado en su interior, el momento en que sus cuerpos se habían fundido como la lava de un volcán se funde con la tierra.
Se sienta en un banco y observa como, poco a poco, la naturaleza comienza a despertar; los pájaros inician su alegre serenata de trinos, el rocío de la mañana se desliza delicadamente por los pétalos de las flores que la rodean, y esas gotas le recuerdan las lágrimas de felicidad que, al llegar al éxtasis, habían surcado sus mejillas y siente como unos tiernos dedos las secan con delicada ternura. Se siente la más feliz y hermosa de las mujeres.
De pronto, un ligero escalofrío estremece su cuerpo y se arrebuja entre su ropa; abre los ojos y se siente perdida, no sabe donde está hasta que, incorporándose, lo que ve la devuelve a la cruda realidad.
Sola en su habitación, recuerda que el ya no está; que se marchó hace mucho tiempo, tanto que casi no recuerda cuando fue pero, como cada noche, está a su lado y siente su respiración, su cuerpo. Cierra los ojos y, juntando las manos, desea irse junto a su recuerdo; por que desde ese mismo momento su vida se apagó, dejó de tener sentido, y solo desea reencontrarse con él para volver a vivir noches como aquella, como su PRIMERA noche.

domingo, junio 6

Algunos hombres maduros

Resulta, cuando menos, llamativa la forma de pensar de algunas mujeres con respecto a los hombres de cierta edad. Parece ser que los que pasamos de los 45 estamos oxidados, negados y enraizados en costumbres.....absurdas?; de mente obtusa, somos seres insensibles incapaces de derramar una lágrima y, por supuesto, hemos hecho de la falsedad nuestra bandera. Somos, los maduros, la antítesis de la caballerosidad, la educación y, sobre todo, de como se debe tratar a una mujer e incapaces de vibrar cuando la ocasión lo requiere.
En este punto, y desde la experiencia que mi medio siglo de vida me otorga, me pregunto que es lo que quieren, o buscan, esas mujeres de un hombre?. Supongo que lo que han querido desde tiempos inmemoriales, la igualdad entre ambos; hecho que con el paso del tiempo y para alegría de ellas, y de muchos hombres (sobre todo maduros), se está consiguiendo.
Ahora bien, no creo que esa igualdad que algunas ponen por encima de cualquier cosa esté reñida, ni mucho menos, con la caballerosidad por parte de un hombre hacia una mujer. Da igual la edad que se tenga, una mujer siempre agradecerá que, por ejemplo, le cedan el paso o un asiento en el autobús; o es que si se le cede lo declina?. No, esto no suele ocurrir nunca, ni siquiera por aquellas que denostan este proceder por parte de un hombre.
Algunos hombres (maduros) valoran a las mujeres por lo que son, no por lo que pretenden ser y aparentan; como ellas, también tienen sentimientos y cuando la situación lo requiere saben expresarlos, y en más ocasiones de las que se cree; incluso son capaces de emocionarse y derramar lágrimas de tristeza, de emoción, de amor, de pasión.
Quizá a esos hombres (maduros) solo les falta que las mujeres (algunas) dejen de lado la hipocresía y sepan ver, y admitir, en ellos lo que realmente son y no pretendan convertirlos en seres opacos ni domeñarlos por el simple hecho de alimentar el ego femenino.
Y yo, hombre maduro, seguiré tratando a la mujer con respeto, cariño y deferencia mientras viva.
Con cariño, un hombre maduro
P.D. Y también lloro, que el llanto no es potestad de la mujer.

José Parrado González-Nicolás

Todo lo que ocurre....

"....cuando tiene importancia, es contradictorio por naturaleza, Hasta que no apareció aquella para la que escribo esto, pensaba que las soluciones para todas las cosas se encontraban en algún lugar exterior, en la vida, como se suele decir. Cuando la conocí, pensé que estaba aprehendiendo la vida, aprehendiendo algo en que podría hincar el diente. En lugar de eso, la vida se me escapó de las manos completamente. Extendí los brazos en busca de algo a que apegarme.....y no encontré nada. Pero, al hacerlo, con el esfuerzo por aferrarme, por apegarme, a pesar de haber quedado desamparado, descubrí algo que no había buscado; "a mi mismo". Descubrí que lo que había deseado toda mi vida no era vivir -si se llama vida a lo que otros hacen-, sino expresarme. Comprendí que nunca había sentido el menor interés por vivir, sino sólo por lo que ahora estoy haciendo. algo que es paralelo a la vida,pertenece a ella al mismo tiempo, y la sobrepasa. Lo verdadero me interesa poco o nada, y tampoco lo real, siquiera; sólo me interesa lo que imagino ser, lo que había asfixiado día a día para vivir. Que muera hoy o mañana carece de importancia para mí, nunca la ha tenido, pero que ni siquiera hoy, tras años de esfuerzo, pueda decir lo que pienso y siento....eso sí que me preocupa, me irrita. Desde la infancia me veo tras la pista de ese espectro, sin disfrutar nada, sin desear otra cosa que ese poder, esa capacidad. Todo lo demás es mentira: todo lo que haya hecho o dicho en cualquier época que no tuviera relación con eso. Y ésa es, en gran medida. la mayor parte de mi vida."
Trópico de Capricornio. Henry Miller.

Por los tenebrosos rincones de mi cerebro....

"...acurrucados y desnudos, duermen los extravagantes hijos de mi fantasía, esperando en silencio que el arte los vista de la palabra para poderse presentar decentes en la escena del mundo. Fecunda, como el lecho de amor de la miseria, y parecida a los padres que engendran más hijos de los que pueden alimentar, mi musa concibe y pare en el misterioso santuario de la cabeza, poblándola de creaciones sin número, a las cuales ni mi actividad ni todos los años que me restan de vida serían suficientes a dar forma. Y aquí dentro, desnudos y deformes, revueltos y barajados en indescriptible confusión, los siento a veces agitarse y vivir con una vida oscura y extraña, semejante a la de esas miríadas de gérmenes que hierven y se estremecen en una eterna incubación dentro de las entrañas de la tierra, sin encontrar fuerzas bastantes para salir a la superficie y convertirse, al beso del sol, en flores y frutos. Conmigo van, destinados a morir conmigo,sin que de ellos quede otro rastro que el que deja un sueño de la media noche, que a la mañana no puede recordarse. En algunas ocasiones, y ante esta idea terrible, se subleva en ellos el instinto de la vida, y agitándose en formidable aunque silencioso tumulto, buscan en tropel por donde salir a la luz, de entre las tinieblas en que viven. Pero, ¡ay!, que entre el mundo de la idea y el de la forma existe un abismo que sólo puede salvar la palabra, y la palabra, tímida y perezosa, se niega a secundar sus esfuerzos. Mudos, sombríos e impotentes, después de la inútil lucha vuelven a caer en su antiguo marasmo. ¡Tal caen inertes en los surcos de las sendas, si cesa el viento, las hojas amarillas que levantó el remolino!. Estas sediciones de los rebeldes hijos de la imaginación explican algunas de mis fiebres: ellas son la causa, desconocida para la ciencia, de mis exaltaciones y mis abatimientos. Y así, aunque mal, vengo viviendo hasta aquí paseando por entre la indiferente multitud esta silenciosa tempestad de mi cabeza. Así vengo viviendo; pero todas las cosas tienen un término, y a estas hay que ponerles punto."
Gustavo Adolfo Becquer
"Rimas y Leyendas"

jueves, septiembre 3

4.- Un eterno sueño

Durante los días siguientes viví en una nube, en un constante y maravilloso sueño en el que evocaba todos y cada uno de los segundos pasados junto a ella. Me resultaba imposible no ver sus ojos enamorados, su sonrisa nerviosa, escuchar su voz, sentir sus silencios, notar el cálido y suave tacto de su piel; y, por supuesto, el sabor de sus labios.

Si antes de encontrarnos odiaba las noches, ahora había comenzado a odiar la distancia, ya no me conformaba con encontrarnos en la red, con hablar en innumerables ocasiones, a lo largo del día, por teléfono. Deseaba y quería más. Anhelaba poder verla, acariciarla, sentirla a mi lado, junto a mí. Nuestras conversaciones a partir de entonces se tornaron más cálidas, más íntimas; ya no solo hablábamos de lo que sentíamos el uno por el otro, si no de lo que suponía para ambos el amarnos, de nuestros más ocultos deseos.

Esas conversaciones se tornaron plenas de sensualidad, nos contábamos como imaginábamos el uno el cuerpo del otro, de lo que nos gustaría hacerle y de lo que nos gustaría que el otro nos hiciera. Soñábamos con caricias, con besos, dejábamos volar nuestra imaginación y conseguíamos llegar a sentirnos el uno en los brazos del otro, sentíamos nuestros labios unidos en un eterno beso, nuestras manos entrelazadas mientras nuestras ojos se miraban intentando ver lo que los ojos del otro escondían, adivinando el amor que en ellos había.

Cuantos paseos por la playa, a la luz de la luna, solo acompañados por el rumor de las olas al romper en la orilla, nuestros pies mojados por el agua mientras se hundían en la húmeda arena; nuestros cuerpos pegados el uno con el otro, su cabeza apoyada sobre mi hombro, mientras mis brazos rodeaban su cuerpo y la acercaban aún más al mío. En silencio, dejándonos invadir por el momento, sabiendo que estábamos juntos, sin importarnos el resto del mundo. Cuantos encuentros perdidos en una cabaña en el bosque, frente a una enorme chimenea, nuestros cuerpos desnudos sobre una gran alfombra blanca,, abrazados, escuchando el crepitar del fuego, absortos en la contemplación de las llamas, y sintiendo el calor de nuestros cuerpos. Acariciándonos mutuamente, explorando el cuerpo del otro, inundándolo de besos, llenándolo de amor hasta llegar al éxtasis, fundidos en uno solo.

Aquellos sueños nos llevaron, poco a poco, a pensar en volver a encontrarnos de nuevo, de volver a mirarnos a los ojos y decirnos todo aquello que nos decíamos a través de las palabras escritas en una pantalla, dejar que nuestros sentimientos salieran a borbotones, hacer nuestros sueños realidad. Sabíamos que, cuando eso ocurriera, ya no sería igual, intuíamos que sería nuestra primera vez, que llegaría ese momento tan ansiado, tan soñado por ambos, en que seríamos solo uno, ese momento en que por fin nuestras caricias nos harían poseernos mutuamente, sentirnos completamente el uno del otro. Fue un largo verano, lleno de ilusiones, de sueños, de esperanzas, de planes….cualquier cosa hacía que pensáramos el uno en el otro, un sonido, una canción, un atardecer, un amanecer… la excusa perfecta para llamarnos por teléfono para contárnoslo, para hacernos partícipes de lo que sentíamos, de lo que pensábamos, de lo que soñábamos.

Aquellas llamadas a altas horas de la noche para desearnos las buenas noches y decirnos que nos echábamos de menos, que deseábamos compartir nuestro lecho.

Así fue como transcurrieron los días hasta que, a principios de otoño, decidimos encontrarnos de nuevo, en el mismo lugar, a la misma hora….un 5 de Octubre, fecha que ninguno de los dos olvidaremos nunca, por lo que volvimos a sentir, por lo que ese día ocurrió.

Y por fin llegó el tan ansiado día. La noche anterior todo fue un escribir sin parar, nos preguntábamos como iríamos vestidos, si nos besaríamos nada más vernos, si nos atreveríamos a abrazarnos, a pasear cogidos de la mano, abrazados; por donde pasearíamos y, por fin, aún a sabiendas de que ocurriría, si haríamos, por primera vez, el amor.

Nos despedimos con un “hasta mañana” cargado de ilusión, de esperanzo, de deseo.

No pude dormir aquella noche, me invadían infinidad de sentimientos encontrados. Deseaba realmente volver a encontrarme con ella? Cambiaría algo en nuestras vidas tras ese nuevo encuentro? Haríamos el amor como tantas veces habíamos imaginado? Sería como habíamos soñado? Sería capaz de transmitirle en persona todo el amor que le había transmitido a través de la pantalla?, esos sentimientos, esos pensamientos, esas dudas estaban a punto de tener respuesta, y nada deseaba más.

2.- En otra dimensión

A partir de aquel momento, de aquel TE QUIERO sin sentido, todo fue una vorágine de sentimientos e ilusiones. Una nueva luz iluminó nuestras vidas.
Al despertar cada mañana era irrefrenable el deseo de conectarme para darle los buenos días, preguntarle como había dormido; decirle que había soñado con ella, leer que me recordaba, que me añoraba. En mi comenzó a crecer un enorme odio el tener que salir de casa, odiaba el trabajo que me impedía estar con ella. Odiaba el sueño, esas horas inútiles de la noche en que nada haces; no quería comprender esa necesidad fisiológica del ser humano, me estaba robando tiempo para disfrutar de su compañía. Pasados dos meses de aquella mágica noche, comencé a sentir el deseo de estar físicamente con ella, necesitaba tocarla, abrazarla, besarla, sentir su cabeza apoyada sobre mi pecho, notar su respiración agitada por el contacto de mi cuerpo. Ella me aseguraba lo mismo, lo que hacía que ese deseo, mi sueño, fuera aún mayor.
Ya no solo era la red, pasamos a las llamadas telefónicas. Al principio ambos nos cuidáramos mucho para que, nuestros allegados, no notaran nada raro en nuestro comportamiento. Era una, a lo sumo dos, llamadas diarias. Poco a poco esas llamadas comenzaron a ser más habituales, algunos días incontables. Por la mañana para darnos los buenos días, a mediodía para decirnos que nos añorábamos, por la tarde para saber donde estábamos y con quién, que hacíamos; por las noches, para darnos las buenas noches. Todo era un constante desear y no tener.
Sin darnos cuenta, el tiempo había pasado y ya hacía cuatro meses que hablábamos y aún no sabíamos como era físicamente el otro, y comenzamos a planear nuestro primer encuentro. Ya no nos importaba nada ni nadie, solo nosotros dos.
A partir de ese momento nuestras conversaciones habían pasado de ser ingenuas a ser más íntimas. Queríamos, deseábamos, conocer nuestros cuerpos sin haberlos visto, y nos abandonamos a ese deseo.
Hubo conversaciones en las que, solo con palabras, hicimos el amor. No necesitábamos nuestros cuerpos, nos bastaba con nuestras mentes, con nuestra imaginación y, por supuesto, el deseo irrefrenable de tenernos el uno al otro. Nos sentíamos el uno junto al otro, acariciándonos, recorriendo mutuamente nuestros cuerpos con esas caricias imaginarias y que, de algún modo, llegábamos a sentir como si fueran reales. Nos llevaba a una situación de felicidad y disfrute como jamás habría pensado que podría llegar a sentir.
Por fin, y a finales de un caluroso mes de Julio, convinimos en vernos. Planeamos durante varios días el lugar, la hora, la forma de encontrarnos. No nos preocupaba el hecho de no saber como éramos físicamente, aunque ese no era nuestro mayor problema; lo peor era saber como reaccionaríamos al conocernos. El miedo a nos gustarnos, aunque realmente no nos parecía importante, estaba latente en nuestras conversaciones, sabíamos como éramos por lo que nos habíamos contado el uno del otro; sabíamos de nuestros gustos, aficiones, sueños, deseos, ilusiones y esperanzas pero.....no nos habíamos visto nunca!!!.
Y llegó el día, el tan ansiado día.
Ir a Capítulo 3

3.- El encuentro

Recuerdo que, desde primera hora de la mañana, me sentía tan inquieto, nervioso e impaciente como un adolescente. Durante el viaje hasta el lugar donde habíamos convenido encontrarnos, no dejaba de pensar como sería el encuentro, en imaginar como sería el saludo; nos besaríamos? Como sería ese beso? De amistad?......
Todo eran dudas, pero dudas ilusionantes. Llegué unos minutos antes de la hora que habíamos acordado; di un paseo por los alrededores, como si fuera una inspección del terreno. Tenía la sensación de que todas las mujeres que se cruzaban conmigo me observaban, al igual que yo las observaba a ellas, preguntándome si era alguna de aquellas con las que me había cruzado.
Cuando llegó la hora convenida, y como quiera que no nos conocíamos, la llamé por teléfono.
Un saludo nervioso, una risa inquieta.
A mi pregunta de donde estaba, me contestó que junto a una estatua frente a un edificio antiguo, sede de un organismo oficial. Yo me encontraba justo frente a ese edificio, pero al otro lado de al amplia avenida. Quise saber como iba vestida para intentar localizarla. Pantalón y camisa blanca y chaquetilla de color rosa, perlo corto, castaño, con mechas.
Buscaba por todas partes, más con conseguía localizarla. Crucé la avenida y caminé frente al edificio que me había indicado, pero no conseguía verla. Opté por pararme junto a la estatua a la espera de verla aparecer; pasaron unos cinco minutos que me parecieron eternos hasta que, al lado de un puesto callejero de helados, me pareció ver una prenda de color rosa.
Noté como mi respiración se aceleraba, el pulso me iba en aumento y las manos comenzaron a sudarme. A pesar de mis 44 años, de más de 22 de matrimonio, me sentía como si fuera la primera cita de mi vida, notaba un hormigueo creciente en mi estomago; mis ojos, inquietos, escudriñaban los alrededores buscándola, de pronto y, a mi lado, apareció.
Tocó suavemente en mi hombro y, al girarme, de sus labios salió un Hola! tan tenue que casi ni lo oí. Nos quedamos quietos, uno frente al otro, mirándonos sin saber que decir, que hacer. Tras unos segundos que parecieron eternos, tomé sus manos con las mías y, después de mirar sus ojos, la atraje hacía mí. Mi primera intención fue besar sus labios pero, en el último instante, la besé en ambas mejillas.
Su aroma me fascinó, el tacto de su piel enervó mis sentidos y, retirándome, volví a mirarla fijamente; primero sus ojos, pequeños, marrones, con un brillo especial en ellos; su boca, pequeña, de labios finos y sensuales, en los que se dibujaba una sonrisa entre nerviosa y divertida. Observé su cuerpo, de arriba abajo. No era muy alta pero estaba bien formada; inconscientemente y como aún mantenía sus manos entre las mías, con un gesto delicado la obligué a darse la vuelta frente a mi, sin importarme las miradas, entre incrédulas y cómplices, de la gente que pasaba a nuestro lado..
No pude resistirme y, mirándola de nuevo con fijeza a los ojos, le dije : Qué bonita eres!!!.
Tras unos minutos de mutua observación, comenzamos a caminar, el uno al lado del otro haciendo verdaderos esfuerzos par no cogernos de las manos, para no abrazarnos. Eran las 12 de la mediodía, nos quedaban 6 horas por delante para disfrutarnos, para decirnos a la cara todo aquello que, durante los últimos cuatro meses, nos habíamos escrito a través de una pantalla de ordenador.
Fue un vagar sin rumbo por las amplias avenidas repletas de jardines, enormes árboles, hermosos edificios antiguos que albergaban inmensos museos, hoteles, todo tipo de establecimientos; hermosas fuentes coronadas por majestuosas esculturas evocando a innumerables dioses mitológicos. El inmenso trasiego de gentes y coches no nos importaban en absoluto, solo existíamos nosotros, solos, en nuestro particular universo; un mundo de nuevas sensaciones, de ilusiones renovadas, de sentimientos que hacía mucho tiempo ambos habíamos dejado se sentir..
Caminamos y caminamos sin dejar de hablar, mirándonos sin cesar; de vez en cuando nuestros cuerpos se acercaban, se rozaban furtivamente; ora ella tocaba mi brazo, ora era yo quien tocaba su hombro, en un juego de caricias deseadas y, aún, no permitidas. Tras nosotros íbamos dejando avenidas y calles, el gentío de la hora punta del mediodía. El calor de las horas más tórridas del día no hacía mella en nosotros, como tampoco el incesante caminar.
Sobre las 3 de la tarde decidimos recuperar fuerzas y buscamos un sitio donde tomar algo sólido y, al tiempo, refrescarnos. Encontramos una plaza interior porticada con innumerables bares en su interior, elegimos uno al azar y nos sentamos en la terraza al amparo de la sombra que proporcionaba el pórtico. A esas horas de la tarde la plaza se hallaba prácticamente desierta y, las pocas personas que en ella se hallaban bien se dirigían a sus casas o sus lugares de trabajo o eran turistas que descansaban plácidamente en alguna de las terrazas de los bares y cafeterías que allí había.
El tiempo pasaba veloz, ya solo nos quedaban dos horas para estar juntos, el reloj caminaba inexorable hacia las 6 de la tarde, hora en que, por nuestras obligaciones, nos veríamos obligados a despedirnos. Volvimos sobre nuestros pasos, ahora con un poco más de ligereza, buscábamos un sitio tranquilo donde pasar el poco tiempo que nos quedaba, alejados de las indiscretas miradas de la gente. Nuestro errático caminar nos condujo hasta las puertas de un enorme parque y nos aventuramos en su interior; hermosos parterres de verde hierba, decorado con figuras realizadas con flores, aquí rosas, allá margaritas, un poco más allá tulipanes.
Frondosos grupos de árboles ocultaban en su interior diversos caminos de tierra flanqueados a ambos lados por bancos de hierro forjado y madera, ocultos a las miradas indiscretas de los viandantes. Nos sentamos en uno de ellos, muy juntos y en silencio, absortos cada uno en nuestros pensamientos a pesar del poco tiempo que nos quedaba. De vez en cuando nos mirábamos intentando adivinar lo que cada uno de nosotros pensaba; en nuestros gestos se notaban los enormes deseos que sentíamos de abrazarnos, de besarnos; pero ambos nos reprimíamos.
Tras un buen rato en esa actitud, miramos el reloj y dándonos cuenta de que se nos hacía tarde, nos levantamos y nos encaminamos hacia la salida del parque; pasamos por delante de un gran lago interior donde algunas parejas remaban plácidamente en unas barcas; nos detuvimos un momento observándolas y, en cierto modo, envidiándolas. Continuamos en nuestro caminar hacía la puerta de salida del parque, uniéndonos a la gente que iba y venía.
Parados en un semáforo, esperando a que el tráfico de coches se detuviera para poder cruzar, rodeados de otras personas que esperaban, como nosotros, a que el semáforo cambiara; nos acercamos inconscientemente el uno al otro, intentando estar lo más cerca posible el uno del otro antes de despedirnos cuando, sin darnos cuenta, sucedió.
Nos miramos y sin mediar palabra acercamos nuestras caras hasta que nuestros labios se juntaron, fue un beso intenso, pleno de deseo y de pasión, como si fuera lo último que hiciéramos en nuestras vidas. Cuando separamos nuestras bocas supimos que era el primero de muchos besos, nos dimos cuenta de que ninguno de los dos podría pasar ya sin saborear los labios del otro y que, en nuestros próximos encuentros, ya no nos conformaríamos con un simple beso, ambos querríamos algo más.
Cruzamos la calle y, en silencio, ya cogidos de la mano, nos dirigimos hasta el punto donde debíamos despedirnos, justo delante de la misma estatua donde, unas horas antes, nos habíamos visto por primera vez. La despedida fue triste pero gozosa pues ambos sabíamos que era el principio de algo hermoso. Nos dijimos adiós y cada uno caminó en dirección contraria al otro girando la cabeza cada pocos pasos para cerciorarnos de que, aquel encuentro, era real, que no lo habíamos soñado.
El viaje de vuelta fue como estar en una nube, un constante evocar de los momentos que habíamos pasado juntos.
Aquella noche, por primera vez, soñé con ella.
Ir a Capítulo 4

1.- Retrospectiva

Casi ni recuerdo como ni cuando comenzó todo.
Fue como suele ocurrir por la red, una cálida noche del mes de marzo de hace algunos años, una conversación banal, los clásicos "hola, que tal?", "¿de donde eres?", "¿como te llamas?", "¿a que te dedicas?", "¿que haces por aquí?". Nada hacia presagiar lo que vendría después. Recuerdo que aquella noche se me hizo muy corta, el tiempo que compartí con ella paso como una ráfaga de aire. Hablamos sobre nosotros, sobre nuestros gustos y aficiones, sobre nuestra familia, nuestros problemas; aunque, a fuer de ser sinceros, en un primer momento no hice demasiado caso a lo que me contaba por que, como suele ocurrir por aquí, todo suele ser inventado. De hecho, algunas de las cosas que me dijo, eran falsas; según me dijo tiempo más tarde, lo hizo para protegerse, para evitar que pudieran localizarla. Ambos casados, con hijos, felices en nuestro matrimonio pero, como suele ocurrir en todas las parejas, con alguna que otra carencia. En su caso y, según pude percibir, era algo afectivo, noté que le faltaba cariño, que alguien le hiciera caso, que la hiciera sentir importante. Desde un primer momento le brindé mi amistad y me limité a escuchar, en este caso a leerla. Fueron 4 o 5 horas de una charla amena, agradable y, por primera vez en este medio, tuve la sensación de que, realmente, había hecho un amigo; por que aquella conversación llegué a vivirla como real, como si la hubiera tenido frente a mí.
A partir de aquel día comencé a sentir la necesidad de conectarme todos los días con la esperanza de encontrarla, sentía la necesidad de hablar con ella, de tener su compañía. Y ella siempre estaba allí, siempre esperándome, paciente, para contarme todo lo que ocurría en su vida. Una noche, sobre las 2 de la madrugada, me dijo que le gustaría oír mi voz e, inconscientemente, le di mi número de teléfono, pensando que no se atrevería a llamarme; no en vano era tarde, su familia y la mía, aunque durmiendo, estaban en casa y podían oírnos. Pero cual no fue mi sorpresa cuando, al momento de haber escrito mi número de teléfono este sonó; no creí que fuera ella aunque algo en mi interior me dijo que se había atrevido. Fue una conversación muy corta, quizá no llegó ni al minuto. "Hola", me dijo nada más decolgar, su voz era un susurro, su tono, dulce algo nervioso y, quizá, ansiosa. Me sentí incómodo, violento, no sabía que decir y así me lo dijo "No sabes hablar?" me preguntó. Lo cierto es que no sabía que decir y, con un hilo de voz la saludé; ese hecho me tranquilizó y, como digo, hablamos durante 1 minuto. Sin saber como ni por qué, al despedirnos se me escaparon dos palabras, dos palabras que marcaron mi vida durante los 3 años siguientes, dos palabras que me salieron del alma. Inconscientemente dije "TE QUIERO".
Aún hoy, 5 años después, me pregunto por que salieron esas dos palabras de mi boca y no encuentro explicación; debieron de salir de mi corazón, de lo más hondo de mi ser. A partir de aquella noche mi vida, y por ende la suya, cambió por completo, entró en otra dimensión.
Ir a Capítulo 2